Ayer el Parlamento Europeo ha frenado el acuerdo UE–Mercosur. Una buena noticia para el sector primario riojano.
Y conviene decirlo sin rodeos: esto no se ha parado solo. La iniciativa de llevar el acuerdo al Tribunal de Justicia y suspender el procedimiento la impulsó el grupo “The Left” (La Izquierda) en el Parlamento Europeo, donde se integra Izquierda Unida. Presentaron la resolución y, con apoyos de otros grupos, lograron que saliera adelante por un margen ajustado.
Se piden normas cada vez más exigentes a nuestros agricultores y ganaderos: sanidad, bienestar animal, trazabilidad, medio ambiente, pero luego pretenden abrir de par en par el mercado a productos que pueden venir de sistemas donde no se juega con las mismas reglas, con controles más flojos o costes más bajos porque la presión cae sobre el eslabón más débil. ¿Resultado? precios por los suelos aquí, beneficios arriba y en medio la ruina del que madruga.
Y duele especialmente porque la ganadería extensiva no es una fábrica. Es nuestro Camero Viejo. Es estar encima del ganado con nieve, frío, calor y noches sin dormir. Es cuidar el territorio: prevenir incendios, mantener los prados y montes, sostener biodiversidad, fijar población.
Esto no va de estar contra nadie. Va de no permitir que nos enfrenten entre trabajadores: ganaderos de aquí contra ganaderos de allí, pequeños contra pequeños, mientras las grandes corporaciones hacen caja. Y va de algo aún más simple: si Europa quiere campo, tiene que defenderlo. No puede usarlo como moneda de cambio para vender coches, servicios o lo que toque en cada negociación.
Desde Izquierda Unida lo decimos claro: no necesitamos más “libre comercio” que nos quite libertad para vivir. Necesitamos que se apoyen a los pequeños municipios, necesitamos precios justos y contratos que cubran costes, necesitamos relevo generacional real, necesitamos más apoyo a la extensiva, y una regla básica: lo que se exige aquí, se exige a lo que entra. Sin trampas. Sin atajos.
Porque cuando cierra una explotación no solo se pierde un negocio. Se apaga un pueblo, se rompe una familia, se vacía un paisaje. Y eso no lo arregla ningún tratado.
Que este freno en Bruselas sea un aviso: el campo no es sacrificable. Y si quieren acuerdos, que sean con justicia: para el que produce, para el que trabaja y para el que vive de la tierra.
