Al parecer, el cantante puertorriqueño no ha podido mantener por más tiempo su "secreto" guardado, y ha decidido confesarse a sus fans a través del perfil que tiene en la red social Twitter.
Y ahora viene cuando yo reflexiono acerca de la necesidad de que una persona confiese ante el mundo su orientación sexual para poder vivir, como dicen algunos, una existencia más sana y feliz. Mañana hará una semana de la charla a la que asistí en la Universidad de La Rioja sobre educación en la diversidad afectivo sexual de los jóvenes. La presidenta de AMPGYL, Esther Nolla Miró, me dejó muy claros ciertos puntos que hoy se han desmoronado cual castillo de cartas ante el supuesto notición del día.
Ricky Martin, al igual que millones de todo el mundo, se siente atraído por personas de su mismo sexo. O sea se, Ricky Martin es gay. Partamos de esa base, porque incluso en este punto mucha gente encuentra dificultades para comprender la situación y es necesario explicársela detenidamente.
Mucho se ha especulado siempre acerca de la orientación sexual de este, ante todo, gran artista. Supongo que, aunque nos pueda doler, la ambiguedad que transmite un determinado personaje público en relación con sus tendencias sexuales despierta la atención, el interés e incluso el morbo de una masa hambrienta de chismorreos ajenos. Y si el susodicho es un tiarrón caribeño que está más bueno que el pan, ni que decir tiene.
Nos empeñamos en creer que todas las personas que vienen a este mundo, en un futuro, se sentirán atraídas por personas del sexo contrario. Ningún padre o madre, al convertirse en progenitores, se plantea acerca de si su retoño será homosexual, heterosexual, bisexual o transexual. Directamente no lo piensan. Inconscientemente, por culpa del entorno sociocultural en el que nos desarrollamos diariamente y la educación que recibimos muchos de nosotros, nos viciamos con una norma que se encuentra profundamente asentada en este mundo, y de la cual podremos deshacernos trabajando conjuntamente. Me estoy refiriendo al heterocentrismo, a la consideración de la heterosexualidad como un privilegio del cual todos aquellos que lo tienen son inconscientes de ello, pero que asfixia preocupantemente a quienes no seguimos la norma, a quienes no somos privilegiados.
¿Cómo he de sentirme cuando algún pariente o amigo de la familia me pregunta si ya me he echado novia? ¿Por qué dan por supuesto que yo también soy heterosexual? ¿No sería mejor que considerasen la opción de que mi orientación sexual sea distinta de aquella considerada como norma? Todos lo harían si supiesen de la presión que ejercen sobre mi todas esas preguntas, y de la cara de tonto que se me pone cuando no sé ni qué contestar a ello. Y miro a mi madre, y ella me devuelve la mirada. Y sin cruzar una palabra, nos leemos la mente mutuamente. Ella sí que sabe de todo esto, a ella ya le he hablado muchas veces de ese concepto denominado "heterocentrismo", el cual constituye el pilar sustentador de la homofobia.
Son muchos los que responderán no ser homófobos, no tener prejuicio ni odio alguno contra las personas homosexuales, bisexuales o transexuales. Muchos contestarán convencidos de ello, y puede que en parte sea cierto. Sin embargo, presuponiendo la heterosexualidad, no fomentan en absoluto la destrucción de la supremacía heterosexual, oprimiéndonos todavía más (si cabe), a quienes no seguimos la norma.
Tristemente, he caído en la cuenta de que yo también incurro en ese vicio de presunción de la heterosexualidad. Yo también le pregunto a mi prima de trece años si le gusta algún chico, cuando puede ocurrir que ella sienta que le atraen las chicas, o incluso ambos.
Duele muchísimo pensar que, mientras muchos chicos y chicas comienzan a experimentar sus sentimientos de atracción y afecto sin miedo alguno, con completa naturalidad, otros muchos se sientan aterrados acerca de lo que les sucede y se cuestionen si es culpa suya o si podrán ser felices algún día. De ahí que nos encontremos unas tasas tan elevadas de homofobia en el entorno escolar, de ahí que tantos niños y niñas repriman sus sentimientos con tal de que no se les tilde de "marica" o "bollera". Pero duele aún más pensar que esta actitud de hostilidad tan preocupante podría ser eliminada progresivamente a base de una educación que no se centre en la existencia única de la heterosexualidad, pero que la sociedad no se encuentra concienciada con ello.
Muchos amigos mios, amigos gays, ni se plantean esto. Asumen la supremacía de la heterosexualidad, consienten en que llegue el día en el que tengan que añadir a quienes acaban de conocer que les gustan los de su mismo sexo. Lo siento por ellos. Espero, sin embargo, que algún día logremos destruir el heterocentrismo imperante en el mundo, y que todas las orientaciones afectivas y sexuales se sitúen al mismo nivel, complementándose, sin que unas opriman a otras.
Texto de Pablo Navajas Martínez







